Ser preciso al comunicarte: los dolores de cabeza que te ahorra… Parte 3

Hoy seguiremos sobre lo que el llamado «Paquete Verbal» puede hacer por ti. Espero que estés aprendiendo a comunicarte con más eficacia y así ser perfectamente claro para tus interlocutores. Verás, la mejor descripción gráfica de este modelo comunicativo es la regla de las dos manos:

Memorizar este diagrama es vital para lo que te voy a encargar. Levanta las dos manos al mismo tiempo y hacia la parte alta y a la izquierda de tu campo visual, para favorecer el almacenamiento de esa información óptica. Fíjate en los dedos, uno a uno y repite una y otra vez las palabras correspondientes, primero los de una mano y luego los de la otra. Hecho esto, ve si al elegir un dedo cualquiera recuerdas inmediatamente la palabra o la frase que le corresponde. Ten paciencia y apréndete la regla hasta que las asociaciones se presenten automáticamente. Ahora que éstas palabras y frases se han grabado en tu mente, vamos a explicar lo que significan. El Paquete Verbal es una guía para eludir algunas de las trampas más habituales del lenguaje ya que es un mapa de algunos de los callejones sin salida más peligrosos en que nos metemos al no saber hablar claramente. La idea es reconocerlos cuando se presentan y reconducirlos en un sentido mucho más conveniente. De esta manera podremos diagnosticar las distorsiones, las supresiones y las generalizaciones de nuestros interlocutores, sin dejar de mantener una comunicación con ellos. Empecemos por los dos meñiques. El derecho, como recordarás, lleva la palabra «universales» y el izquierdo, las palabras «todos, siempre, nunca» y te explico: los juicios universales están muy bien… siempre y cuando sean verdaderos. Por ejemplo, si dices que todos los humanos necesitan el oxígeno o que todos los maestros del colegio de tu hijo son licenciados universitarios, has expresado unos hechos. Pero es más frecuente que los juicios universales sirvan para perderse en plena «hojarasca» verbal» y te ilustro: si ves un grupo de muchachos que alborota en la calle y dice: «Esos muchachos de hoy no tienen educación» O tiene problemas con uno de sus empleados y lo comenta así: «No sé para qué les pago si no trabajan nunca» en ambos casos, y la mayoría de las veces que formulamos juicios universales, hemos saltado de una verdad limitada a una «falsedad generalizada» en el peor de los casos. Es así: esos muchachos tal vez fuesen unos alborotadores, pero no todos los chicos lo son; algún empleado quizá sea un inepto, pero no todos lo son. Así que, la próxima vez que oigas una generalización así, acude al Paquete Verbal. Repite la oración poniendo énfasis en el adjetivo o el adverbio «universalizante» y te doy los ejemplos:

«Todos los muchachos son unos mal educados»

Pregúntate:

«¿Todos?»

«Bien, supongo que no. Ésos sí lo eran»

«Los empleados nunca trabajan»

Tú dirás:

«¿Nunca?»

«En fin, tal vez no. Ése es la oveja negra, pero quizá no se pueda decir lo mismo de los demás»

Considera ahora los dos anulares y las proposiciones restrictivas «debo, no debo, puedo, no puedo» y te pregunto: cuando alguien nos dice que no puede hacer algo:

¿Cuál es la señal que envía a su cerebro?

Una señal limitante en virtud de la cual, evidentemente, no podrá hacer lo que dice. Nunca faltan explicaciones cuando les preguntamos a las personas por qué no pueden hacer una cosa o por qué han de hacer algo que no desean. La manera de romper ese círculo vicioso consiste en preguntar:

«¿Qué pasaría si fueses capaz de hacerlo?»

De este modo se pone sobre el tapete una posibilidad que hasta ese momento pasaba desapercibida; ahora nuestro interlocutor pasará a considerar tanto las derivaciones positivas como las negativas de la actividad en cuestión. El mismo proceso actúa para ti en el diálogo interno. Cuando te dices a ti mismo:

«No puedo»

lo que debes preguntarte enseguida es:

«¿Qué pasaría si pudiera?»

La respuesta sería una lista de acciones y sensaciones positivas, estimulantes. Crearías nuevas representaciones de posibilidades y de ahí nuevos estados y nuevos resultados posibles. Sólo con hacerse esa pregunta empieza a cambiar nuestra fisiología y nuestro pensamiento, haciendo que el propósito sea más factible.

Además, podrías preguntarte: «

«¿Qué me impide hacerlo ahora?»

Con lo cual se pondría de manifiesto lo que debes cambiar concretamente. Pasemos ahora a tus dedos medios, que representan los verbos y la pregunta

«Concretamente, ¿cómo?»

Recordemos que nuestro cerebro necesita señales claras para actuar con eficacia. La hojarasca verbal y la hojarasca mental lo embotan. Cuando alguien dice:

«Me encuentro deprimido»

no hace sino describir un estado que padece, pero no nos cuenta nada concreto. Hay despejar las dudas siendo más claros en las preguntas. Cuando alguien dice que «está» deprimido, pídele que diga concretamente cómo y cuál es la causa específica. Para obtener precisiones útiles, a menudo hay que pasar a otra parte del Paquete Verbal. Ante la petición de concretar, tu interlocutor quizá diga:

«Estoy deprimido porque siempre me sale todo mal en mi trabajo»

¿Cuál es ahora la pregunta siguiente? ¿Es verdadera la sentencia universal? Probablemente, no. De manera que insistirás:

«¿Te sale todo mal siempre?»

Casi siempre, la respuesta será:

«Bueno, en fin, no siempre»

Al pasar a lo concreto, has enfilado el buen camino para identificar el problema real y tratar de solventarlo. Lo más común será que tu interlocutor haya cometido algún error de pequeña importancia, el cual convierte simbólicamente en un gran fracaso que sólo existe en su mente. Ahora junta los índices, que representan los nombres y la pregunta:

«¿Quién concretamente o qué concretamente?»

Siempre que oigas nombres (personas, lugares o cosas) en una frase generalizada, respondes con otra frase que incluya un «quién (o qué) en concreto» para ser más preciso. Es lo mismo que hicimos con los verbos para pasar de la «hojarasca» imprecisa al mundo real. No se puede hacer nada con una neblina de generalizaciones que sólo existe en la cabeza de alguien. Hay que operar sobre el mundo real. La indefinición en los nombres es de lo peor. Te pregunto, ¿cuántas veces habrás oído decir: «No me comprenden» o «No quieren darme una oportunidad» en tu vida? Pues bien, ¿quiénes son «ellos» en concreto? Si nos hallamos en una organización grande, alguien debe tomar probablemente una decisión. Así que, en vez de dejarnos aprisionar en ese reino nebuloso dominado por unos «ellos» que no comprenden, hemos de encontrar la manera de tratar con la persona real que sí toma decisiones de peso.

La referencia a unos «ellos» no concretados puede ser la peor manera de eludir la cuestión. Cuando no se sabe quiénes son «ellos» uno se siente incapaz de dominar la situación. Fijarse en lo concreto es la manera de recuperar el control. Si alguien dice: «Su plan no funcionará» hay que averiguar qué es concretamente lo que no convence. Una oposición cerrada por el estilo de: «Pues yo le digo que sí funcionará» no sirve para continuar el diálogo ni resolverá la situación. A veces, lo que se ha puesto en tela de juicio, no es todo el plan, sino una pequeña parte del mismo. Si tratas de reformar todo tu plan serás como un piloto que vuela sin radar; es posible que lo modifiques todo menos aquello que constituía el problema. En cambio, al concretar el problema y trabajar sobre él nos ponemos en condiciones de aportar un cambio. Recuerda: el mejor mapa es el que más se aproxima al territorio real. Por ello, cuanto más sepamos acerca de la constitución del territorio en sí, mejores serán nuestras posibilidades de cambiarlo. Por último, juntemos nuestros pulgares, que representan la última parte del Paquete Verbal. Uno de los pulgares dice:

«Demasiado, demasiados, demasiado caro»

el otro dice:

«Demasiado, ¿comparado exactamente con qué?»

Cuando decimos «demasiado, demasiados, demasiado caro» empleamos otra forma de supresión, a menudo basada en alguna construcción arbitraria que fuera de nuestro cerebro no vale nada. Como si alguien dijera que más de una semana de vacaciones es demasiado tiempo lejos del trabajo, o que comprar una computadora de 1000 dólares que le pidió su hijo es «demasiado cara» y podemos refutar tales generalizaciones por medio de una comparación.

Dos semanas lejos de tu trabajo pueden ser lo oportuno si vuelves completamente relajado y en condiciones de rendir más.

Esa computadora quizá sea demasiado cara si crees que no servirá para nada; pero si la consideras como un valioso activo para las tareas de tus hijos, quizá valga esos mil dólares.

Mira, para que esos juicios puedan formularse racionalmente, se necesita un punto de comparación válido. Con el tiempo, descubrirás que cuando hayas empezado a utilizar el Paquete Verbal, lo aplicarás todo el tiempo, incluso de manera inconsciente.

Gracias por leer este post, Ananda para ti y los tuyos 😉

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